Competencia social e inclusión: un reto del siglo XXI

Home-11-Solution-Image

Miguel Rosa Castejón

Director del CEIP San José Obrero

Sevilla

La sociedad global, los movimientos migratorios, la diversidad, nos obligan a cambiar nuestras estrategias educativas.

La escuela es un ente vivo y dinámico que no puede permanecer indiferente a la nueva realidad social que día a día define el devenir de los centros, más allá del currículo.

 

 

Ser competentes en habilidades sociales requiere un alto grado de compromiso con la comunidad, un conocimiento de las maneras y usos en los que la población se comunica y establece sus relaciones, en definitiva un reto inclusivo para la aceptación de pautas de funcionamiento comunes, de ahí la importancia de trabajar en valores como tolerancia, empatía, respeto, libertad.

Una escuela inclusiva es aquella que reconoce a todos sus miembros como parte activa y viva de la misma, donde el sentido de pertenencia e identidad  se aglutinan en un objetivo común y traspasa los límites de la valla del centro.

En el siguiente esquema planteo el desarrollo de actuaciones que parten del aula, lugar donde se inicia el cambio y se definen los modelos de educación; llegando a la zona de influencia, un espacio de encuentro común y de amalgama con otras comunidades.

El cambio es más factible en una cultura colaborativa que fomenta la experimentación y donde los fracasos e incertidumbres son motivos de aprendizaje y no signos de debilidad.

Principios para el cambio:

  • Las innovaciones requieren de “desaprendizaje” y “reaprendizaje”, esto crea incertidumbre.
  • “Si el cambio pretende tener éxito, individuos y grupos deben encontrar el significado tanto del qué como del modo de hacerlo (el cómo) del cambio” (Fullan, 2002).
  • Hay apoyo sostenido de los equipos directivos, es difícil dejar atrás las rutinas
  • Requiere trabajo en equipo.
  • Reconoce las fortalezas existentes, como base.
  • Las metas se definen continuamente según los logros
  • Participa toda la comunidad educativa.

 

Siguiendo a Fullan se hace evidente la importancia y la necesidad de generar cambio desde el aula:

“No, el desafío hoy día es cambiar la forma de enseñar. Cuando cambias la forma de enseñar, podéis usar el currículo de distintas maneras. Cambiar el currículo que está demasiado fijo para ponerle unas pruebas nuevas relacionadas a las competencias sería lo más fácil, porque es cambiar el papel. Lo que es más difícil es cambiar la forma de enseñar. Si cambiamos la forma de enseñar, el currículo también va a ir cambiando; las dos cosas deberían ir juntas hacia el futuro”.

Y dentro de esa línea de trabajo  la competencia social y ciudadana ha de convertirse en referente y guía de  un proceso complejo de adecuación al entorno, al barrio al que pertenece la escuela, con sus similitudes y diferencias.

Lo que ya no es tan fácil de explicar es que el inicio de cualquier cambio,  de hacer las “cosas” de manera diferente,  parte  de un acto de voluntad/creatividad  por parte del docente y, sin duda, dentro del espacio del aula por ser esta la unidad individual de todo el entramado educativo que muestra un centro de enseñanza primaria.

¿Quién o qué  te “obliga” a modificar tus estrategias educativas?

A partir de aquí se abre un mundo de preguntas y múltiples respuestas y la competencia social  y ciudadana se convierte en marco de las actuaciones a desarrollar y que cobra sentido cuando la participación de las familias es activa y colaborativa.

Poner la inclusión en el foco, en el centro de las actuaciones, conlleva que toda la comunidad sea partícipe del cambio. No es tarea fácil porque romper modelos y crear nuevos diseños educativos implica trabajar por proyectos integrados, por centros de interés.

Pero si nos atrevemos a abrir la puerta y vemos que otras compañeras y compañeros están haciendo cosas diferentes, que trabajan otras metodologías con su alumnado y estos son felices desarrollando sus habilidades y destrezas, relacionándose, interviniendo en los aprendizajes, entonces hemos dado un salto cualitativo hacia la zona docente, hemos ampliado el horizonte de la creatividad y la innovación y de la posibilidad de que los inicios de cambio se puedan consolidar o, al menos, se pongan en marcha.

Si además la conexión con la dirección se canaliza de manera adecuada, es decir, si hay sintonía con el equipo directivo, se puede decir que existe la posibilidad que el proceso de cambio se convierta en proyecto de centro, mucho más definitivo y sostenible en el tiempo.

Estos dos primeros pasos que podemos llamar “docentes” se amplían con las familias y los agentes externos cuando la comunicación y la intervención  rompen las tapias del colegio y se hace “viral” en el barrio.

En el San José Obrero lo podemos “ver” en proyectos como “Qué bonito es mi cole” o “historias de vida musicales”  entre otros muchos.

La educación para la ciudadanía y para la comunidad debe ser  creativa y cercana a sus necesidades e intereses. Es en este momento cuando la conexión con la dirección es vital e imprescindible porque de la misma depende que se articulen procesos de participación de las familias y agentes externos que colaboren en el diseño de actividades, las promuevan y las hagan realidad aunando criterios metodológicos con los docentes.